viernes, abril 17, 2009

El polizón (1.)


Cuesta sacarlos. Están perfectamente encajados. No sirven pinchos ni tenedores, ni siquiera funcionan los cuchillos más afilados. Todo resbala cuando intenta hundirse en su superficie niquelada. El mejor sistema es hacer palanca hacia afuera con un utensilio plano y curvado.
Aún así, es muy difícil conseguir que salgan de las órbitas. Requiere una labor preciosista: identificar dónde el hueco es mayor, inroducir el mango de la cucharilla y presionar hacia afuera. Con un poco de paciencia, se quiebra el nervio invisible que los mantiene anclados.
Los ojos pierden toda su belleza cuando se quedan huérfanos. Me hacen risa cuando empiezan a rodar por la pila, chocando entre sí y tintineando como canicas en un parque, pero en realidad no tiene nada de gracia. A mi nieto le encanta jugar con ellas en el patio del colegio. Algunos días, cuando voy a recogerlo, le cuesta andar de tanto que le pesan los bolsillos, y después le tengo que regañar porque no está bien robar las canicas a los amigos, aunque eso no es lo que más me preocupa.
No es tan complicado sacarlos, ni siquiera para un niño de cuatro años. Esta noche lo he soñado: que Carlos querría jugar con mis muñecas, que les sacaría los ojos y se atragantaría con los de Melibú, que es la que más le gusta de todas. Por eso ha sido la primera a la que he dejado ciega.
Carlos no ha dejado de llorar en tres horas. Le he tenido que untar de vaselina las muñecas y la comisura de los labios para que no le haga daño el roce de las cuerdas. Este niño no puede estar quieto. ¿Cómo puedo hacerle entender que es por su bien? 82 muñecas de porcelana nos miran con cara de susto. Ahora lloro como Carlos. A algunas las he tenido conmigo durante 40 años, pero así tiene que ser. Mi nieto podría haber muerto por mi culpa, y lo hará si no lo impido. Es tan fácil sacarles los ojos...


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