lunes, mayo 26, 2008

Marina


Marina a veces se atusa el pelo con demasiada violencia. En una de ésas, media uña se le quedó prendida de una orquilla, encastada en su melena a fuerza de laca como diamante en tiara. La sangre comenzó a reverberar, seguida de un dolor familiar.
Era el corazón, el mismo dedo que se había accidentado alguna vez. La brisa marina tenía todas las llaves de aquella casa, que recorría de este a oeste en un estremecimiento que resultaba agradable en verano. Ya de pequeña se quedaba embobada mirando el mar, apoyada en el alféizar y desprevenida a cualquier golpe de viento que pudiera bajar la hoja de la ventana. ¡Zas!
Aquella primera uña se le cayó pronto, aunque su renacimiento se vio trabado por un rosario de golpes surgidos de las reyertas con el abusón de su vecino -siempre queriendo subirle la falda- o por la impaciencia que le llevaba a dejarse las yemas de los dedos intentando abrir botes de aceitunas.
“¡No saques la tarta todavía, que quema!”, le advirtió su abuela, con la certeza resignada que su nieta lo iba a hacer. Se lo tenía dicho, que era una “atolondrada” y que en la vida no había que tener tanta prisa, y Marina no es que no creyera a pies juntillas lo que le decía aquella mujer, tan vivida como para no tener remordimientos por no afeitarse el bigote, sino que ella siempre hacía lo que le daba la gana.
Cuando le volvió a salir la uña, Marina decidió darse un esmalte rosita, para que no se notara que era distinta: había crecido aguileña y gruesa y apenas la podía recortar. Con el tiempo dejó de pintársela tan a menudo, de mirarse tanto al espejo.
“Seguro que así no volverás a perder ninguna uña más”, le habría dicho su abuela, pensaba Marina, chupándose el corazón para que le dejara de sangrar.