sábado, agosto 16, 2008

Planes de verano

Aquel verano me fui a Oncala a contar ovejas. Fue una decisión semi-fortuita: las papeletas que extraje de los botes de destino y objetivo dieron como resultado esa ecuación. Podría haber pasado el verano en Puerto Lumbreras preparando tomate en conserva, aprendiendo papiroflexia en Santillana del Mar o las premisas del cultivo del mejillón en Majadahonda, tarea harto improbable que habría exigido otro sorteo. Finalmente recibí animada la noticia de las ovejas, por tratarse de seres vivos que permiten cierta interactuación.
Durante ocho horas diarias me entregaba a la tarea acordada. Cuantifiqué todos los rebaños que poblaban las estribaciones de Oncala tras convencer a sus pastores para que las estabularan unos días, un tiempo en el que pude formar grupos exclusivos de hembras, de ejemplares menores de seis meses o tarados y en función de su carácter más o menos gregario. Me llevó varios días clasificarlas sin la ayuda de sus perros guardianes, valiéndome únicamente de pinturas solubles que debía eliminar cuando terminaba el recuento de cada categoría.
La labor se prolongó varias semanas como consecuencia de haber alcanzado un estado de abstracción en el paisaje que derivó en una idílica ensoñación. Todavía me cuesta discernir el momento en que hubo de producirse el tránsito entre la labor mecánica y el sencillo disfrute. Fue agradable descubrir que el aburrimiento podía existir en cualquier parte y que, una vez asumido, empezaba a perder consistencia.

lunes, mayo 26, 2008

Marina


Marina a veces se atusa el pelo con demasiada violencia. En una de ésas, media uña se le quedó prendida de una orquilla, encastada en su melena a fuerza de laca como diamante en tiara. La sangre comenzó a reverberar, seguida de un dolor familiar.
Era el corazón, el mismo dedo que se había accidentado alguna vez. La brisa marina tenía todas las llaves de aquella casa, que recorría de este a oeste en un estremecimiento que resultaba agradable en verano. Ya de pequeña se quedaba embobada mirando el mar, apoyada en el alféizar y desprevenida a cualquier golpe de viento que pudiera bajar la hoja de la ventana. ¡Zas!
Aquella primera uña se le cayó pronto, aunque su renacimiento se vio trabado por un rosario de golpes surgidos de las reyertas con el abusón de su vecino -siempre queriendo subirle la falda- o por la impaciencia que le llevaba a dejarse las yemas de los dedos intentando abrir botes de aceitunas.
“¡No saques la tarta todavía, que quema!”, le advirtió su abuela, con la certeza resignada que su nieta lo iba a hacer. Se lo tenía dicho, que era una “atolondrada” y que en la vida no había que tener tanta prisa, y Marina no es que no creyera a pies juntillas lo que le decía aquella mujer, tan vivida como para no tener remordimientos por no afeitarse el bigote, sino que ella siempre hacía lo que le daba la gana.
Cuando le volvió a salir la uña, Marina decidió darse un esmalte rosita, para que no se notara que era distinta: había crecido aguileña y gruesa y apenas la podía recortar. Con el tiempo dejó de pintársela tan a menudo, de mirarse tanto al espejo.
“Seguro que así no volverás a perder ninguna uña más”, le habría dicho su abuela, pensaba Marina, chupándose el corazón para que le dejara de sangrar.

sábado, marzo 01, 2008

Despegada

A veces los pies se me levantan demasiado del suelo. Como en un sueño, empiezo a correr hasta que pierdo el contacto y me dejo aupar. Desde arriba las cosas son menos y a las personas las engulle un paisaje completo, acostumbrado a estar allí. La visión cenital me invade el pecho de paz, me corona reina y señora para hacer y remover, para gritar sin escuchar, para romper sin tener que ensamblar. Casi me olvido entonces de que tú también reconoces por tus manos, de que te vas arrugando con los años, de que lloras y ríes, haces el amor y desprecias. Abajo, mis palabras desatan aludes; mis lágrimas, tempestades. No puedo evitar sonrojarme ni reprimir una risa nerviosa mientras cierro los grilletes que me anclarán a la tierra...

miércoles, febrero 20, 2008

Ciao, Verona


–Tu n’a pas su me conquérir –prononça Vally, lentement–. Tu n’a eu ni la force, ni la patience, ni le courage de vaincre mon repliement hostile vis-à-vis de l’être qui veut me dominer.
–Je ne l’ignore point, Vally. Je ne formule pas le plus légère reproche, la plus légère plainte. Je te garde l’inexprimable reconnaissance de m’avoir inspiré cet amour que je n’ai point su te faire partager.
RENÉE VIVIEN, Une femme m’apparut…