sábado, agosto 16, 2008

Planes de verano

Aquel verano me fui a Oncala a contar ovejas. Fue una decisión semi-fortuita: las papeletas que extraje de los botes de destino y objetivo dieron como resultado esa ecuación. Podría haber pasado el verano en Puerto Lumbreras preparando tomate en conserva, aprendiendo papiroflexia en Santillana del Mar o las premisas del cultivo del mejillón en Majadahonda, tarea harto improbable que habría exigido otro sorteo. Finalmente recibí animada la noticia de las ovejas, por tratarse de seres vivos que permiten cierta interactuación.
Durante ocho horas diarias me entregaba a la tarea acordada. Cuantifiqué todos los rebaños que poblaban las estribaciones de Oncala tras convencer a sus pastores para que las estabularan unos días, un tiempo en el que pude formar grupos exclusivos de hembras, de ejemplares menores de seis meses o tarados y en función de su carácter más o menos gregario. Me llevó varios días clasificarlas sin la ayuda de sus perros guardianes, valiéndome únicamente de pinturas solubles que debía eliminar cuando terminaba el recuento de cada categoría.
La labor se prolongó varias semanas como consecuencia de haber alcanzado un estado de abstracción en el paisaje que derivó en una idílica ensoñación. Todavía me cuesta discernir el momento en que hubo de producirse el tránsito entre la labor mecánica y el sencillo disfrute. Fue agradable descubrir que el aburrimiento podía existir en cualquier parte y que, una vez asumido, empezaba a perder consistencia.

No hay comentarios: